La existencia de una extensa
videoteca en la que registraba todos sus acuerdos deja ver a un
empresario maquiavélico
Quienes mantuvieron relaciones empresariales con el señor Carlos
Ahumada saben, a partir de su experiencia, que no es precisamente el
mejor ejemplo de rectitud. Aquellos que jugaron el papel de "puente"
entre el poder del dinero y el poder político -y que llevó al señor
ahumada hasta los "cuernos de la luna" como hombre de empresa-
conocen del juego poco limpio y nada escrupuloso que practicaba el
señor Ahumada.
Más aún, la exhibición de los videos en los que el señor René
Bejarano recibe pacas de dólares, y la existencia de una extensa
videoteca en la que el señor Ahumada registraba en video todos sus
acuerdos, pactos y negocios, dejan ver a un empresario maquiavélico,
capaz de cualquier cosa para lograr sus objetivos, habilidades que,
por cierto, muy pronto lo convirtieron en un poderoso capitán de
empresa.
De Carlos Ahumada se puede decir mucho, casi todo ello poco
gratificante para la imagen del empresario, y en la mayoría de los
casos se estaría hablando con verdad. Pero también es cierto que los
supuestos delitos por los que fue llevado a prisión desde el 28 de
abril de 2004 no fueron más que una invención ordenada desde el
gobierno de Andrés Manuel López Obrador para cobrar venganza contra
Carlos Ahumada, quien desafió al entonces poderoso jefe de Gobierno
y presidenciable más aventajado.
En efecto, el señor Ahumada se asoció con panistas y priístas para
debilitar y destruir, si era posible, las aspiraciones
presidenciales de Andrés Manuel López Obrador -mediante la difusión
de los videos de Bejarano recibiendo paquetes de dólares y de
Gustavo Ponce jugando fortunas fabulosas en Las Vegas-, en una
suerte de venganza política contra el ex jefe de Gobierno. Y es que
Ahumada, que había patrocinado los afanes electorales de AMLO, entre
muchos otros, se dijo traicionado por el tabasqueño cuando fue
metido en "el mismo paquete" en el que López Obrador metió a su
adversaria política Rosario Robles, a la que se propuso destruir
como parte del "parricidio político" emprendido contra Cuahutémoc
Cárdenas.
En esa lucha descarnada por el poder al interior del PRD y del
gobierno capitalino quedó atrapado el señor Ahumada, no tanto por
sus reprobables prácticas político-empresariales, sino como
resultado de una venganza ordenada desde la jefatura de Gobierno del
DF, y operada de manera ilegal, consigna política de por medio, por
el entonces procurador capitalino, Bernardo Batis, un respetado
político y abogado, de origen panista, y que fue arrastrado al
vergonzoso papel de verdugo de una venganza política, con pruebas
fabricadas, ordenada desde la jefatura de Gobierno.
Pero la desproporcionada venganza política -propia de políticos
ambiciosos, inescrupulosos, al más puro estilo de la vieja clase
política creada por el PRI- terminó en una vergonzosa aberración
política, pues un gobierno como el de López Obrador, surgido de las
siglas de la llamada izquierda mexicana -esa izquierda que fue
perseguida y víctima del autoritarismo de los regímenes priístas-,
convirtió al señor Carlos Ahumada en el primer preso político de un
gobierno de izquierda.
Y el asunto resultó aún más penoso, cuando la justicia del gobierno
izquierdista como el de López Obrador fue benévola con los suyos,
con el señor René Bejarano -al que se le asignó una celda de lujo
durante el poco tiempo que pasó en prisión-, mientras que Carlos
Ahumada fue denigrado y vejado en sus derechos humanos, desde el
momento de su encarcelamiento, cuando se permitió a un diario vocero
del gobierno capitalino tomar fotografías de Ahumada en ropa
interior y burlarse de su condición.
Luego de un largo y amañado proceso, en donde tanto el señor López
Obrador como su sucesor, Alejandro Encinas, usaron todo el poder del
gobierno capitalino para fabricar una acusación que sabían
inexistente, el señor Ahumada fue absuelto de los cargos por los que
fue acusado. Quedó claro que su encarcelamiento no fue más que una
decisión política, una venganza, y que se le convirtió en un preso
político.
Pero el asunto no terminó ahí. La madrugada del martes pasado, una
vez que Carlos Ahumada fue exonerado y liberado, otra autoridad
capitalina, en forma arbitraria, prepotente y con lujo de fuerza,
prácticamente secuestró a Carlos Ahumada para llevarlo, sin
explicación de por medio a sus familiares y abogados, ante un agente
del Ministerio Público, dizque para declarar en otros supuestos
delitos. Las autoridades responsables de la Procuración de Justicia
en el Distrito Federal dieron toda clase de explicaciones a la
arbitrariedad cometida, pero al final de cuentas no convencieron a
nadie.
Y es que ya exonerado, Carlos Ahumada recibió otro mensaje del
gobierno de Marcelo Ebrard, que podría ser detenido en cualquier
momento si se le ocurre continuar con sus venganzas. Hay que
insistir, el señor Ahumada no es el mejor ejemplo de empresario, y
las prácticas vincularon al poder público no son las más aplaudibles.
Pero el gobierno de López Obrador, del izquierdista PRD, lo
convirtió en preso político, en víctima de una venganza política,
venganza que se pudo extender a muchos otros si el resultado del 2
de julio hubiera sido otro. ¿Y quién sancionara al gobierno de AMLO?