En marzo de 2004 inauguramos en México una nueva
forma de hacer política, pasamos de los libelos a los videos. En el
primer capítulo observamos con enojo a Gustavo Ponce, entonces
secretario de Finanzas del Gobierno del Distrito Federal, apostar en
cada mano de black jack, 500 dólares, mucho más de lo que gana un
mexicano promedio al mes. Dos días después tocaba el turno a René
Bejarano, en su momento secretario particular de Andrés Manuel López
Obrador, a quien con asco veíamos acomodarse talegas de billetes
hasta en los calzones.
Platicando en aquel entonces con Dulce María Sauri, senadora de la
República, le pregunté si consideraba que podíamos pasar de los
videos a las balas. Respondió que sí. Por fortuna se equivocó. Pero,
sin duda, se abrió uno de los períodos más sucios de la política
mexicana, que culminó con el desaseado proceso de desafuero de
Andrés Manuel López Obrador.
Inexplicablemente, ante tanta evidencia videofilmada, al día de hoy
no hay nadie recluido por los eventos que tanto enojaron a la
opinión pública. Se demostró que el dinero no era de procedencia
ilícita y se entregaba para efectos electorales, pero eso nunca se
pudo probar. Total, que caímos en un marasmo de tecnicismos
jurídicos que impidieron, como es costumbre en México, que se
castigara a los culpables. Lo que se vio en los videos,
independientemente de tipos penales, era un empresario con contratos
para construir en el Distrito Federal, que entregaba dinero a
personajes que podían influir en el otorgamiento de obras. Los
ciudadanos no somos idiotas y estamos convencidos de que algo
incorrecto sucedió.
El capítulo final de la historia lo vivimos la semana pasada, cuando
Carlos Ahumada fue exonerado del último proceso penal que lo
mantenía en prisión. Al filo de las 22:00 horas le notificaron el
auto de libertad. A las 3:15 lo liberaron, sólo para que se
escenificara otro capítulo lamentable en esta historia de impunidad
y enfrentamientos personales. Afuera del reclusorio lo esperaban
elementos de la PGJDF, para cumplimentar una orden de presentación.
Con lujo de violencia, lo separaron de su recién reencontrada
familia y lo trasladaron a la agencia 50 del Ministerio Público.
Las órdenes de presentación son actos administrativos del Ministerio
Público que se derivan de citatorios no atendidos. Como es obvio, el
señor Ahumada, a quien dicho sea de paso no defiendo, porque lo
considero un pillo del mismo nivel que Bejarano e Ímaz, estaba
localizable y era imposible que se negara a atender el citatorio que
le hubieran girado. Por lo anterior, me suena todo el teatrito como
un atento recado de Andrés Manuel López Obrador a un enemigo que le
resultó más que incómodo.
Considero a Rodolfo Félix un extraordinario abogado, estudioso,
técnico e informado como ningún otro titular que haya tenido la
PGJDF. Creo que puede ser el comienzo de la solución de los
problemas de procuración de justicia en la capital. Pero también muy
peligroso que se preste, si así fue, a las vendettas personales del
PRD. La impartición de justicia no se puede politizar, esto sería un
crimen en sí mismo, porque, en esta lucha, a algunos les va la
tranquilidad, pero a otros les va la vida.