Contrasentido
Todos hemos podido conocer, a través de los informativos de la
televisión y la radio, o al leer los periódicos, de la cruenta lucha
en contra del narcotráfico en particular, y el crimen organizado en
general. Desde que en diciembre pasado el presidente Felipe Calderón
declaró la guerra a estos criminales, hizo ver que no sería fácil y
que los costos que habríamos de pagar los mexicanos serían altos,
especialmente, en vidas. Sus declaraciones, no dejaron lugar a
dudas: las facturas serían caras. A pesar de la advertencia, todos
los sectores de la sociedad, organizaciones sociales, grupos
parlamentarios, partidos políticos, cámaras empresariales y demás,
aplaudieron las medidas adoptadas por el Primer Mandatario. Hasta
ahora, ha sido tal y como se pronosticó, de manera que nadie puede
llamarse a engaño: las vidas perdidas en ejecuciones y atentados han
sido muchas, y a este paso seguramente serán muchas más. Al parecer,
los golpes inflingidos a las organizaciones criminales han sido de
una magnitud tal que han respondido con una virulencia inusitada.
Las acciones que han emprendido en los últimos días, han sido cada
vez más audaces y violentas. Hace un par de semanas en Michoacán,
fue emboscado un grupo de militares dejando como saldo varios
muertos y heridos, provocando con ello la intensificación de los
operativos en esa entidad. La semana pasada, en la ciudad de
Apatzingán, también en ese estado, se dio otro cruento
enfrentamiento que dejó a varios criminales muertos, tras un tiroteo
que culminó con un bazucazo lanzado por los elementos del ejército
mexicano. Las imágenes del incidente transmitidas por la televisión
bien podrían haber correspondido a las calles de Afganistán y no
Apatzingán. Esto ha provocado que algunos sectores se estén
arrepintiendo de sus aplausos iniciales, y han empezado a pedir el
retiro de la tropa de esta lucha contra el crimen organizado que,
según dicen ahora, corresponde a los cuerpos de policía. Deberían
preguntarse antes de dónde saldrán los policías suficientes para
cubrir la falta de los más de veinte mil soldados que se encuentran
enfrascados en los operativos. Entonces, resulta un contrasentido
haber avalado el lanzamiento de toda la fuerza del Estado, tras las
fuertes críticas de la sociedad en general hacia el evidente vacío
de autoridad que dejara el gobierno anterior, para recular a las
primeras de cambio y volver a dejarle la plaza a la delincuencia
como si nada hubiera pasado.
¿Les truena la reversa?
Mala decisión sería esa, a menos que los legisladores tengan otra
solución en la manga, para desincentivar el negocio del narco, como
podría ser la legalización controlada de la venta y uso de algunos
enervantes. Situación que ya ha sido esbozada por algunos grupos,
pero a cuya discusión le han sacado la vuelta quienes ahora
pretenden dejar nuevamente la responsabilidad del combate a la
delincuencia organizada, en manos de las corrompidas corporaciones
policiacas del país. En realidad, no conocemos las razones. Podrían
ser de conciencia por los elementos de la autoridad caídos en la
lucha; o bien, podría tratarse de razones de hoyito, como dirían en
el mexicanísimo Jalisco, provocado por el fuerte temor que provocan
en los personajes públicos las amenazas de este tipo de criminales
que, hoy por hoy, alcanzan hasta al más custodiado; o, finalmente,
podrían ser otras las razones de peso —o mejor dicho de pesos—, las
que llevan a los dirigentes de estos grupos a echarse atrás en el
apoyo a las medidas del Presidente, y solicitar el retiro de los
elementos del ejército, alegando los más diversos pretextos.
Ni justicia ni gracia
Salió en libertad el empresario Carlos Ahumada. El pasado martes, el
constructor que hizo pública la corrupción del gobierno de Andrés
Manuel López Obrador, evidenciándola por medio de video grabaciones
en donde aparecen diversos personajes —entre ellos René Bejarano,
quien fuera el principal operador político de López y en aquel
momento, presidente de la Asamblea Legislativa del Distrito
Federal—, fue declarado inocente por el juez, después de haber sido
obligado a pasar más de mil días en cautiverio. El propio Bejarano,
el principal protagonista de la aparente corrupción, mostrado en las
imágenes recogiendo fajos y más fajos de dólares en un portafolios,
para terminar embolsándose donde cupieran los que no alcanzaron
espacio en él, fue liberado un par de años antes, después de pasarse
unas cómodas vacaciones en el Reclusorio Sur, gozando de toda clase
de privilegios que no tienen los presos comunes. Pantallas de
plasma, reproductores de DVD, surtido ilimitado de películas, aire
acondicionado, comida gourmet, así como visitas conyugales,
conferencias de prensa y entrevistas sin límites, fueron algunos de
los beneficios extraordinarios que tuvo Bejarano, como pago de sus
invaluables servicios de fondeo para el proyecto presidencial de
López. Esa es por lo menos la suposición de la clase política,
analistas y periodistas, ante la ausencia de una explicación formal
y realista del destino de las maletas de dólares que recibió este
personaje, y del trato por demás preferencial que recibió de sus
carceleros del gobierno capitalino encabezado por López. Ahumada,
por su parte, estuvo encerrado en la más lúgubre celda del
Reclusorio Norte. Fue incomunicado, vejado, mientras que el ex
procurador Bernardo Bátiz y su equipo hacían la vista gorda,
limitado en la atención de su salud, y toda una serie de violaciones
adicionales a sus derechos humanos más elementales. Se dice que la
peor frase que se le atribuye a Benito Juárez, quien ha sido
probablemente el más grande prócer mexicano, es aquella que decía
que “al amigo justicia y gracia, y al enemigo, justicia a secas”.
Todo indica que ha sido este el caso de Carlos Ahumada, quien pasó
de ser el amigo Carlos que le entraba generosamente con sus
contribuciones al fondo para financiar el proyecto presidencial
lopista, a ser considerado por los funcionarios cómplices de López
como el peor enemigo de sus frustrados planes. Como lo señaló el
propio Ahumada en lo poco que dijo públicamente el día de su
liberación: Al final, contribuyó con su granito de arena para lo que
sucedió el 2 de julio del año pasado.
Cinismo
Los funcionarios del gobierno capitalino se mostraron indignados
ante lo que llamaron una sentencia express. Según ellos, así puede
llamarse a los casi tres años que tardó el juzgador en emitir su
sentencia. Evidentemente, a estos personajes les sobra el tiempo y
para ellos, esos tres años son solo calderilla. Han utilizado la
justicia como arma política desde que llegaron, allá por 1997. Casos
ha habido muchos, unos más sonados que otros, pero todos con el
mismo objetivo: La fabricación de culpables. Primero fue Samuel del
Villar, luego, Bernardo Bátiz, y por lo que ha podido verse con la
arbitraria y violenta reaprehensión de Ahumada, protagonizada por
agentes de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal
tan sólo noventa segundos después de su liberación, ahora seguirá
por el mismo camino el actual titular Rodolfo Félix Cárdenas. Ha
habido sonados casos: Fernando Peña Garabito, Oscar Espinosa
Villarreal, José “Pipino” Cuevas, Mario Bezares, y otro sin fin de
ex funcionarios anónimos de la última administración federal que
rigió la capital del país. Todos ellas, a cuales más, de
desmesuradas arbitrariedades.