Ignorado, casi
olvidado; frustrado, prácticamente extinguido, Andrés Manuel López
Obrador tendrá que sumar a su colosal derrota la postrer vergüenza;
confrontar su autoritarismo con los aires de libertad que soplan en
la capital, y admitir que cuanto caprichosamente concibió, por la
realidad le fue enmendado.
Como jefe de Gobierno del DF, AMLO burló el Derecho y atacó a las
instituciones con tal de ser candidato a la Presidencia; con ese
status, y enarbolando un programa de prioridades “para los que menos
tienen”, despreció a factores y actores fundamentales de la vida
política y económica nacional y perdió en toda la línea.
Su obstinación y proclividad mesiánica lo llevó a considerar que las
masas serían suficientes para hacerse de la primera magistratura;
ensoberbecido, se cerró a toda comunicación, entendimiento o
acuerdo, esencia de la política. Al desechar e ignorar las claves
con las que ésta conduce al éxito y repudiar las circunstancias,
cavó su tumba.
Creyendo estar vivo cuando cadáver era, arremetió contra el
empresario Carlos Ahumada por haber revelado las corruptelas de
algunos de sus allegados, sobre todo de René Bejarano, quien fue su
secretario particular, operador político, hombre de confianza.
Sin embargo, la atención que la Prensa y la Opinión Pública pusieron
en el caso, así como la independencia del Poder Judicial en el DF
que hoy prevalece, abrió las puertas de la cárcel el martes pasado a
Ahumada tras quedar demostrada su inocencia en el delito que le fue
imputado y a pesar del grotesco ataque a sus derechos cuando fue
reaprehendido.
A López Obrador nunca se le cayó la Presidencia porque en sus manos
jamás estuvo; su arbitrio no podía reproducirse porque no está él
para recrearlo, y la crudeza de la realidad lo ha puesto en un lugar
del que nunca más podrá levantarse, como tampoco podrán hacerlo sus
defensores, epígonos y discípulos.
Sintetizadas su incapacidad política y su corta visión en su
fracaso; desplomado el monumento de su maldad con la liberación de
Ahumada, y desplazada por la libertad su prepotencia, de AMLO casi
no queda nada.
¿Serán lo suficientemente perspicaces los perredistas rescatables
para darse cuenta de que sobre esas cenizas hasta perderían lo que
han ganado?
Sotto voce
Beatriz Paredes Rangel empezará a pisar más fuerte después del 20 de
mayo, cuando gane la gubernatura de Yucatán como dirigente del PRI.
Ratificará, juntas, su experiencia, capacidad, astucia y sencillez.