Febrero 13, 2006
 

Pablo Hiriart
Firme, la alianza Cuba-GDF
 

 
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Desde hace diez días está en el ambiente la insolencia del Hotel Sheraton que expulsó de sus instalaciones a un grupo de cubanos, y ninguna autoridad le ha puesto punto final a ese incidente bochornoso.
En lugar de aplicar la Ley Federal del Consumidor, el gobierno federal le dio 15 días a la administración del hotel para que dé una explicación de su comportamiento.
Y el jefe de Gobierno del Distrito Federal, Alejandro Encinas, envuelto en la bandera cubana, irrumpió en improperios contra el Poder Judicial por haber otorgado un amparo al Sheraton que impide su clausura.
La sobreactuación antiyanqui de Encinas para agradar al gobierno de Cuba, lo llevó a decir que el amparo al Sheraton era equivalente a los amparos que se dan a narcotraficantes y a dueños de giros negros.
Mucho más sencillo y eficaz hubiera sido que el gobierno de la ciudad le aplicara al Sheraton alguna de las tres leyes locales que violó: la Ley de Turismo, la Ley de Establecimientos Mercantiles y la Ley contra la Discriminación.
No lo ha hecho porque no es la discriminación lo que preocupa al gobierno perredista del Distrito Federal.
De hecho, la practica. La semana anterior la policía capitalina atacó a macanazos una manifestación de indígenas triquis que pedían apoyo para un programa de vivienda.
Ahí los policías de Alejandro Encinas le dieron de patadas en el piso a una mujer embarazada que fue llevada en ambulancia al hospital.
Pero cuando sindicalizados del IMSS bloquearon durante catorce horas la calzada de Tlalpan para protestar contra las autoridades del Seguro, la policía capitalina no movió un dedo para restablecer la normalidad.
A los indígenas triquis se les patea en el piso por una manifestación en el zócalo que no le hacía daño a nadie.
Y a los nuevos aliados de López Obrador, los sindicalizados del Seguro con Vega Galina a la cabeza, no se les tocó ni con el pétalo de un ultimátum para despejar Tlalpan.
Eso es discriminación. Y por supuesto que la practican. Su interés, pues, está en otra parte.
Lo que le interesa a las autoridades capitalinas es estrechar su alianza con el gobierno de Fidel Castro.
Esa alianza que tejió López Obrador y que ya les ha dado frutos y aspiran a que les dé más en estas elecciones.
Con el gobierno cubano quedan bien pegando de gritos en contra del imperialismo yanqui e intentado exhibir a Vicente Fox como “mayordomo de Washington”.
Y si eso no lo hace directamente López Obrador, mejor que mejor.
Ninguna de las leyes que violó el Sheraton implican la clausura del hotel, como quieren los gobernantes del Distrito Federal para cumplir con sus aliados políticos de La Habana.
Al gobierno de Cuba tampoco le interesó la discriminación de que fueron objeto 16 de sus ciudadanos.
Si quisieran que se hiciera justicia habrían puesto una denuncia, pero no lo hicieron.
¿Por qué bajarle el perfil a este incidente con la aplicación de una sanción administrativa de acuerdo con la Ley Federal del Consumidor, si se le puede sacar raja política?
En eso están el gobierno del Distrito Federal y el gobierno de Cuba. Juntos los dos aprietan políticamente para el desprestigio del Poder Judicial y del Poder Ejecutivo de México.
Desde el momento mismo en que se dio a conocer el agravio a los funcionarios de la isla por parte del Sheraton, el gobierno capitalino se mostró afectado por un súbito mareo antiyanqui.
En lugar de aplicar las leyes locales estallaron en epítetos contra Estados Unidos, contra Bush y contra el imperialismo norteamericano.
¿Y dónde estaba Alejandro Encinas mientras sus subordinados hervían de fiebre patriótica y de sentimientos antinorteamericanos?
Mientras eso ocurría, Alejandro Encinas estaba cómodamente sentado en una butaca del Ford Field de Detroit, donde presenciaba el espectáculo del Super Bowl.
No sabemos si mientras los funcionarios del Gobierno del Distrito Federal miraban felices cómo ondeaban banderas cubanas frente al Sheraton, Encinas disfrutaba su Budweiser, comía peanuts, se emocionaba con la ofensiva de los Acereros de Pittsburg, o coreaba Satisfaction con los Rolling Stones que estaban en el escenario.
Ya de vuelta a México y con la presión de sus aliados cubanos, Encinas desempolvó sus galones revolucionarios y se puso del lado de la delegada en Cuauhtémoc, Virginia Jaramillo, a fin de clausurar el Sheraton.
¿Y por qué van a clausurar el hotel donde trabajan 600 empleados mexicanos?
Lo quieren clausurar porque el hotel no tiene menú en sistema Braille. Porque dos de sus bares venden licor sin tener actualizada su licencia. Y porque no hay socorristas en la alberca.
¿Por eso lo quieren clausurar?
No, claro que no. Lo quieren clausurar para subrayar su alianza con el gobierno de La Habana.
Es la alianza que viene funcionando desde que apresaron a Carlos Ahumada en Cuba por una razón tan baladí como la que el GDF esgrime ahora para clausurar el Sheraton.
Las autoridades de Cuba no quisieron extraditar a Ahumada como lo pedía el gobierno mexicano.
Lo encarcelaron allá. Lo exprimieron para sacarle la información que quisieron —real o falsa— para ponerla al servicio de la candidatura presidencial de López Obrador.
Y luego lo deportaron porque se había hospedado en un lugar distinto al que había puesto en su hoja de ingreso a la isla.
De esa manera el gobierno de López Obrador pudo meterlo a la cárcel en México y fincarle nuevos delitos cada vez que se necesita. Ahumada les gana un caso, y lo acusan por otros cargos.
Nada extraño, pues. Una dictadura le entregó un prisionero a su aliado político en México para que lo use como rehén en la lucha por la presidencia... y para que no abra la boca acerca de la corrupción en el gobierno de López Obrador, pues una indiscreción de Ahumada le puede costar la elección de julio.
Así es que el asunto del Sheraton no es por la discriminación que muchos protestamos con indignación.
El asunto está en sacarle provecho político, para lo cual cuentan con la lentitud del gobierno federal y con la prepotencia del gobierno de Bush.
No hay en el GDF ni en La Habana mayor molestia por la discriminación de esos funcionarios cubanos que se hospedaban en el Sheraton con gastos pagados por empresarios de Estados Unidos, con quienes negociaban contratos de exploración de hidrocarburos en Cuba.
Al contrario, están felices que así haya ocurrido: eso les permite revigorizar su alianza y lanzar una nueva embestida contra las autoridades mexicanas.
Eso, en su lógica, favorece a López Obrador.
Y en eso están. No en pleito porque los hayan corrido de una pieza, de una mínima pieza donde yo pueda descansar, como diría el gran Pablo Milanés.

phiriart@cronica.com.mx

Pablo Hiriart

Fuente: La Crónica