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Desde
hace diez días está en el ambiente la insolencia del Hotel
Sheraton que expulsó de sus instalaciones a un grupo de
cubanos, y ninguna autoridad le ha puesto punto final a ese
incidente bochornoso.
En lugar de aplicar la Ley Federal del Consumidor, el
gobierno federal le dio 15 días a la administración del
hotel para que dé una explicación de su comportamiento.
Y el jefe de Gobierno del Distrito Federal, Alejandro
Encinas, envuelto en la bandera cubana, irrumpió en
improperios contra el Poder Judicial por haber otorgado un
amparo al Sheraton que impide su clausura.
La sobreactuación antiyanqui de Encinas para agradar al
gobierno de Cuba, lo llevó a decir que el amparo al Sheraton
era equivalente a los amparos que se dan a narcotraficantes
y a dueños de giros negros.
Mucho más sencillo y eficaz hubiera sido que el gobierno de
la ciudad le aplicara al Sheraton alguna de las tres leyes
locales que violó: la Ley de Turismo, la Ley de
Establecimientos Mercantiles y la Ley contra la
Discriminación.
No lo ha hecho porque no es la discriminación lo que
preocupa al gobierno perredista del Distrito Federal.
De hecho, la practica. La semana anterior la policía
capitalina atacó a macanazos una manifestación de indígenas
triquis que pedían apoyo para un programa de vivienda.
Ahí los policías de Alejandro Encinas le dieron de patadas
en el piso a una mujer embarazada que fue llevada en
ambulancia al hospital.
Pero cuando sindicalizados del IMSS bloquearon durante
catorce horas la calzada de Tlalpan para protestar contra
las autoridades del Seguro, la policía capitalina no movió
un dedo para restablecer la normalidad.
A los indígenas triquis se les patea en el piso por una
manifestación en el zócalo que no le hacía daño a nadie.
Y a los nuevos aliados de López Obrador, los sindicalizados
del Seguro con Vega Galina a la cabeza, no se les tocó ni
con el pétalo de un ultimátum para despejar Tlalpan.
Eso es discriminación. Y por supuesto que la practican. Su
interés, pues, está en otra parte.
Lo que le interesa a las autoridades capitalinas es
estrechar su alianza con el gobierno de Fidel Castro.
Esa alianza que tejió López Obrador y que ya les ha dado
frutos y aspiran a que les dé más en estas elecciones.
Con el gobierno cubano quedan bien pegando de gritos en
contra del imperialismo yanqui e intentado exhibir a Vicente
Fox como “mayordomo de Washington”.
Y si eso no lo hace directamente López Obrador, mejor que
mejor.
Ninguna de las leyes que violó el Sheraton implican la
clausura del hotel, como quieren los gobernantes del
Distrito Federal para cumplir con sus aliados políticos de
La Habana.
Al gobierno de Cuba tampoco le interesó la discriminación de
que fueron objeto 16 de sus ciudadanos.
Si quisieran que se hiciera justicia habrían puesto una
denuncia, pero no lo hicieron.
¿Por qué bajarle el perfil a este incidente con la
aplicación de una sanción administrativa de acuerdo con la
Ley Federal del Consumidor, si se le puede sacar raja
política?
En eso están el gobierno del Distrito Federal y el gobierno
de Cuba. Juntos los dos aprietan políticamente para el
desprestigio del Poder Judicial y del Poder Ejecutivo de
México.
Desde el momento mismo en que se dio a conocer el agravio a
los funcionarios de la isla por parte del Sheraton, el
gobierno capitalino se mostró afectado por un súbito mareo
antiyanqui.
En lugar de aplicar las leyes locales estallaron en epítetos
contra Estados Unidos, contra Bush y contra el imperialismo
norteamericano.
¿Y dónde estaba Alejandro Encinas mientras sus subordinados
hervían de fiebre patriótica y de sentimientos
antinorteamericanos?
Mientras eso ocurría, Alejandro Encinas estaba cómodamente
sentado en una butaca del Ford Field de Detroit, donde
presenciaba el espectáculo del Super Bowl.
No sabemos si mientras los funcionarios del Gobierno del
Distrito Federal miraban felices cómo ondeaban banderas
cubanas frente al Sheraton, Encinas disfrutaba su Budweiser,
comía peanuts, se emocionaba con la ofensiva de los Acereros
de Pittsburg, o coreaba Satisfaction con los Rolling Stones
que estaban en el escenario.
Ya de vuelta a México y con la presión de sus aliados
cubanos, Encinas desempolvó sus galones revolucionarios y se
puso del lado de la delegada en Cuauhtémoc, Virginia
Jaramillo, a fin de clausurar el Sheraton.
¿Y por qué van a clausurar el hotel donde trabajan 600
empleados mexicanos?
Lo quieren clausurar porque el hotel no tiene menú en
sistema Braille. Porque dos de sus bares venden licor sin
tener actualizada su licencia. Y porque no hay socorristas
en la alberca.
¿Por eso lo quieren clausurar?
No, claro que no. Lo quieren clausurar para subrayar su
alianza con el gobierno de La Habana.
Es la alianza que viene funcionando desde que apresaron a
Carlos Ahumada en Cuba por una razón tan baladí como la que
el GDF esgrime ahora para clausurar el Sheraton.
Las autoridades de Cuba no quisieron extraditar a Ahumada
como lo pedía el gobierno mexicano.
Lo encarcelaron allá. Lo exprimieron para sacarle la
información que quisieron —real o falsa— para ponerla al
servicio de la candidatura presidencial de López Obrador.
Y luego lo deportaron porque se había hospedado en un lugar
distinto al que había puesto en su hoja de ingreso a la
isla.
De esa manera el gobierno de López Obrador pudo meterlo a la
cárcel en México y fincarle nuevos delitos cada vez que se
necesita. Ahumada les gana un caso, y lo acusan por otros
cargos.
Nada extraño, pues. Una dictadura le entregó un prisionero a
su aliado político en México para que lo use como rehén en
la lucha por la presidencia... y para que no abra la boca
acerca de la corrupción en el gobierno de López Obrador,
pues una indiscreción de Ahumada le puede costar la elección
de julio.
Así es que el asunto del Sheraton no es por la
discriminación que muchos protestamos con indignación.
El asunto está en sacarle provecho político, para lo cual
cuentan con la lentitud del gobierno federal y con la
prepotencia del gobierno de Bush.
No hay en el GDF ni en La Habana mayor molestia por la
discriminación de esos funcionarios cubanos que se
hospedaban en el Sheraton con gastos pagados por empresarios
de Estados Unidos, con quienes negociaban contratos de
exploración de hidrocarburos en Cuba.
Al contrario, están felices que así haya ocurrido: eso les
permite revigorizar su alianza y lanzar una nueva embestida
contra las autoridades mexicanas.
Eso, en su lógica, favorece a López Obrador.
Y en eso están. No en pleito porque los hayan corrido de una
pieza, de una mínima pieza donde yo pueda descansar, como
diría el gran Pablo Milanés.
phiriart@cronica.com.mx |