Mayo 9, 2007
 

El Excelsior - Jorge Fernández Menéndez
Ahumada y el regreso de la justicia selectiva
 

El primero de mayo pasado, unos policías de élite en Los Ángeles fueron provocados por un pequeño grupo de manifestantes en la multitudinaria marcha realizada por inmigrantes ese día en varias ciudades estadunidenses. Los policías, que podrán ser de élite pero demostraron ser indudablemente racistas, arremetieron contra todo y contra todos, dejaron varios descalabrados, entre quienes se encontraban algunos periodistas por lo que el caso trascendió a la opinión pública. Ante ello, en menos de 48 horas, el alcalde de Los Ángeles, Antonio Villaraigosa, dio órdenes al jefe de policía de esa ciudad, el mítico William Bratton, el verdadero creador y desarrollador de la estrategia mal conocida como tolerancia cero en Baltimore y Nueva York, de dar de baja a los jefes del grupo y suspender a los 60 agentes que participaron en los hechos, mientras se investiga lo sucedido.

Ayer, en el DF, se dio un hecho bochornoso. Carlos Ahumada, quien podrá generar simpatías o antipatías, podrá ser acusado de haber traicionado al perredismo (o a López Obrador, que no es lo mismo), pero que en realidad fue desde 2004 un preso político del Gobierno del DF, al haber difundido los famosos videos en los que se ve a René Bejarano, el hombre de confianza de López Obrador, recibiendo cientos de miles dólares en forma ilegal (pese a lo cual Bejarano estuvo preso sólo unos pocos meses, en condiciones de lujo, goza de total libertad y sigue dirigiendo una fracción muy importante del PRD, sin que nadie lo moleste), producto, según Ahumada, de una extorsión, fue "liberado" ayer al agotarse las cuatro causas existentes en su contra. En realidad, guste o no Ahumada, no había, desde el inicio, ninguna justificación para detenerlo: todas las causas podían haber sido tratadas como faltas administrativas e incluso las obras que se argumentó que no había realizado podrían, como se hace en innumerables casos, agotarse extendiendo plazos o cobrando la fianza que cada licitante para una obra pública debe presentar como condición en cada concurso. No fue así. Ahumada fue detenido ilegalmente en Cuba, incomunicado e interrogado durante días sin que se permitiera la presencia de un abogado o familiar, expulsado a México sin pasar por el trámite legal de la extradición, entregado al gobierno de López Obrador, que actuó de manera vil contra el detenido: porque Bejarano, cuando fue aprehendido, tuvo horas para prepararse y buscar su ropa, sus alimentos, mientras la esposa, Dolores Padierna, iba cada día a visitarlo e ingresaba con una camioneta repleta de víveres y enseres por el área de funcionarios del Reclusorio y Bejarano tenía a su disposición cuatro celdas, para vivir, durante los pocos meses en que estuvo detenido. En cambio, Ahumada fue humillado, las autoridades permitieron el ingreso de fotógrafos a los baños y lo retrataron en paños menores y así se publicó en algún medio, se le tuvo bajo estrictas medidas de seguridad y jamás se permitió una entrevista con el detenido, mientras que cada vez que se agotaba un proceso se inventaba otro para prolongar la detención.

Ahumada tenía que haber sido liberado el lunes antes de la medianoche. La orden fue librada, por el juez correspondiente, a las 22 horas. Las autoridades capitalinas esperaron hasta las tres de la mañana para liberarlo. Estuvo en la calle exactamente un minuto, cuando agentes de la Procuraduría del Distrito Federal arremetieron contra periodistas, familiares y custodios del empresario y, sin mostrar orden alguna, a golpes (que provocaron heridas y desmayos entre los agredidos) lo metieron en una patrulla y dejaron el lugar. Nadie se molestó en siquiera dar una explicación hasta seis horas después, cuando el procurador del DF, Rodolfo Félix Cárdenas, salió a decir que en realidad Ahumada había sido llevado a rendir declaración ante el MP por una nueva causa abierta en su contra, pero que, cuando terminara su declaración, podría quedar en libertad.

El hecho habla muy mal de las autoridades capitalinas y de un hombre como el procurador Félix Cárdenas, que llegó con buenas credenciales e intenciones a la PGJDF, pero aquí demostró actuar, lamentablemente, por consigna. Si faltaba alguna declaración y la orden de presentación era de meses atrás, como se dijo, debería haber sido tomada en el Reclusorio, no esperar la liberación para detenerlo nuevamente y realizar esto con enorme lujo de violencia, violando la ley y hasta el sentido común. También es inadmisible que pasen horas sin que se proporcione información alguna y ningún funcionario se haga responsable de los hechos.

López Obrador demostró, durante su gobierno, no sólo desprecio por las leyes, sino también un trato diferenciado para cualquier detenido, ya fuera amigo o enemigo (según el ex candidato presidencial no hay nada entre esos dos extremos). El propio Marcelo Ebrard, en su discurso de toma de posesión, se refirió al tema y se comprometió a que la justicia ya no haría distingos y se aplicaría de manera imparcial. Hasta ahora había sido así, pero en este caso, sensible y político, se actuó ilegalmente y con evidente parcialidad. Si Ebrard actuara como Villaraigosa, tendría, por lo menos, que ordenarle al procurador Félix Cárdenas (que además, como perteneció al equipo defensor de Bejarano, debería ser especialmente cuidadoso en este caso) que investigara lo sucedido y suspendiera a los elementos que participaron en la bochornosa detención de Ahumada, sin exhibir orden alguna y agrediendo a quienes lo rodeaban.

Insisto: no se trata de si nos agrada o no Ahumada, sino de establecer un marco legal que sea igual para todos y que la ley no se aplique, como en la más desafortunada frase de Benito Juárez, con justicia y gracia para los amigos y con justicia a secas para los enemigos. Acabar con eso era uno de los compromisos de Ebrard: ayer lo violó. No debe repetirse.