De acuerdo con quienes han
visto y hablado con Carlos Ahumada en el Reclusorio Norte, lo qué
más le duele es el trato que le dieron los cubanos. Treinta días en
la mazmorra de una dictadura sádica, en manos de algunos de los
interrogadores mejor capacitados del mundo, deben dejar dolores
profundos y duraderos. La Habana, el color que el infierno le
escondiera a Ahumada.
Treinta días sin un minuto de privacidad, con un fiscal presente
incluso en las visitas de la esposa. Mientras pega el grito en el
cielo por las fotografías de los marines torturando a
prisioneros iraquíes, la llamada izquierda mexicana celebra tener
aliados poderosos, como Fidel Castro.
Quienes han visto y hablado con Ahumada dicen que, en efecto, tiene
miedo por su integridad y vida en una cárcel bajo control de
autoridades que dependen de Andrés Manuel López Obrador.
Que se pregunta quién y por qué autorizó que periodistas disfrazados
de custodios lo vieran y tomaran fotos mientras se desnudaba y ponía
el uniforme de interno, la noche del miércoles 28 de abril. Escribió
ayer aquí Carlos Puig: “Si los derechos humanos son de Ahumada, no
valen. El momento es sobrecogedor por la vulnerabilidad del
consignado en un momento que debería ser privado. A eso los reos
tienen derecho. ¿O debemos enterarnos que la trusa le queda grande?”
Por lo demás, la percepción de Ahumada coincide con los resultados
del que debe ser uno de los mejores estudios sobre cárceles
efectuados a la fecha. En Delincuencia, marginalidad y desempeño
institucional, una encuesta a reclusos de Morelos, Estado de
México y el Distrito Federal (investigación del CIDE, coordinada por
Marcelo Bergman, junio 2003), 80 por ciento de los entrevistados se
sienten inseguros en las prisiones capitalinas. Otro dato: “Diez por
ciento de los internos dijo haber sido golpeado por lo menos una vez
durante los últimos seis meses, ya sea por otros internos o por
custodios; 83 por ciento de ellos dijo haber sido golpeado de una a
cinco veces y 13 por ciento de cinco a diez veces; 46 por ciento de
los que fueron golpeados requirieron atención médica”.
Quienes ya hablaron con él confirman lo que expresó el director de
Reclusorios, Héctor Cárdenas San Martín: Ahumada está en el
dormitorio uno y duerme solo. Y agregan algo que Cárdenas San Martín
no quiso verificar: los compañeros de Ahumada en esa zona son
internos de alta peligrosidad. Narcotraficantes, tal vez; o
secuestradores; asesinos, quizá.
Cuentan, además, que Ahumada ya pasó por manos de un peluquero que
le rasuró la barba. Pronto otro periodista disfrazado nos mostrará
la foto del preso lampiño. O algún funcionario la “deslizará a los
medios”. Es igual.
Eso se merece quien, se presume, cometió un fraude en una delegación
del Distrito Federal, grabó a dos honorables luchadores sociales en
actos de corrupción flagrantes y, sobre todo, se atrevió a decir que
lo peor que le podría pasar a México es que López Obrador llegue a
la Presidencia de la República.