Mayo 10, 2007
 

Excelsior - Denise Maerker
Nos estamos dejando
 

Los signos se multiplican, cada día la opinión pública parece aceptar más fácilmente, más dócilmente, actos de poder que desde cualquier perspectiva son inaceptables. Es como si cansados de pelear, desencantados quizá, cediéramos palmo a palmo frente a los gobiernos en la definición de lo que se vale y lo que no. Como si la frivolidad y los excesos del foxismo les hubieran terminado dando la razón a los amantes del orden, a los nostálgicos del viejo régimen.

Los ejemplos son varios. El más reciente es el trato que se le dio a Carlos Ahumada a su salida de la cárcel. Y aquí no importa quién sea ese señor ni lo que haya hecho, es un mexicano a quien los jueces ordenaron liberar y que, a su salida, en una escena digna de un relato de Gonzalo N. Santos, los policías le recetaron una bienvenida atroz y rencorosa. Ahumada fue víctima de un trato inaceptable e indignante de parte de los agentes del gobierno de Marcelo Ebrard y éste no ha sentido la necesidad de disculparse con todos nosotros por semejante afrenta. Las imágenes que todo el país ha podido ver son elocuentes: Ahumada salía, después de tres años, del Reclusorio, abrazado de sus tres hijos cuando un grupo de policías ministeriales, sin identificarse ni dar explicaciones, se le fueron encima y a la fuerza lo metieron en un automóvil y lo llevaron a la agencia 50 para que, y esto es increíble, ratificara una firma. Escucho pocas voces indignadas. Es obvio que muchos, sobre todo en la izquierda, piensan que se lo merece por traidor, por haber destapado la cloaca del financiamiento de las campañas perredistas y haberse aliado con Salinas y Fernández de Cevallos para desprestigiar y destruir a Andrés Manuel López Obrador. Se equivocan. Independientemente de lo que haya hecho, y de quien sea, de la turbia forma en que siempre se condujo, de lo antipático que pueda resultar, deberían defenderlo del uso pandillesco de la fuerza pública que le han aplicado tres gobiernos perredistas. ¿Por qué no se escandalizan de ver a varios gobiernos encabezados por militantes de izquierda, como López Obrador, Encinas y Ebrard, hacer uso de su poder según lo hubiera hecho cualquier regentucho del régimen priista? ¿Por qué aceptar la venganza desde el Estado como algo natural?

Desde luego, muchos dirán que esto es una guerra sin cuartel y que los panistas impolutos de antes no se inmutaron cuando el sexenio pasado invocaron al sacrosanto Estado de derecho para descarrilar a su principal adversario aplicándole una ley que no había servido ni para desaforar a presidentes municipales. ¡Había que poner un ejemplo!, decían, sin sonrojarse.

Pero el de Ahumada no es el único caso. Es uno más del uso del poder, de los recursos del Estado para satisfacer venganzas personales o de grupo. Otro ejemplo reciente es la condena de los líderes del movimiento de San Salvador Atenco a 67 años de cárcel. Sí, es cierto que cometieron muchos delitos a lo largo de los años, sí fuimos testigos de que recurrieron en varias ocasiones a retener a funcionarios para presionar al gobierno del Estado de México, sí abusaron y amedrentaron con sus machetes y sí algunos de sus militantes golpearon salvajemente a policías indefensos, pero condenarlos a 67 años de cárcel es nuevamente confundir la justicia con la venganza. Es recurrir, como en el viejo régimen, a la política del escarmiento. Es negar de tajo cualquier aspiración de instaurar un verdadero Estado de derecho.

No he escuchado a ningún político, a ningún funcionario del Estado de México o en el poder federal, decir, en este ambiente justiciero y vengativo que domina, lo evidente: que esta pena es desproporcionada. Y me temo que no lo dicen porque no lo piensan. Ninguna investidura, ni siquiera la del gobernador, debería ser un impedimento para mostrar públicamente mesura y sentido común. No tendría por qué ser visto como un signo de debilidad y, si la independencia del Poder Judicial en el Estado es real, tampoco correría peligro de ser vista como una orden.

Ocurre lo mismo con el encarcelamiento en el penal de máxima seguridad del Altiplano, de Flavio Sosa, el líder de la APPO. Y, nuevamente, reconociendo que él y su grupo cometieron excesos e incurrieron en delitos, es impensable que se le mantenga en esa cárcel al lado de los más peligrosos asesinos y narcotraficantes.

Todos estos casos nos envían una señal muy clara, no es que estemos camino de una sociedad de leyes y más justa, nada de eso, nos confirman simplemente que seguimos viviendo en una sociedad donde la ley sólo se aplica, y de forma rigurosísima, para unos cuantos. Porque a los policías que apalearon a los manifestantes en Atenco se les "aplicó la ley", es decir, un castigo administrativo, y los que mataron —no retuvieron ni amarraron a un poste— a 21 personas en Oaxaca, no los han podido detener a pesar de que las autoridades de esa entidad cuentan con extenso archivo fotográfico de todos ellos.

Lo mismo ocurrió con los hermanos Jacinto y Jorge Pineda, a quienes el país entero vio apalear hasta la muerte al profesor Serafín García, en Huautla de Jiménez, Oaxaca, y que, hasta la fecha, se pasean orondos por las calles de esa localidad.

Los casos son muchos y las historias, conocidas, la única novedad es el silencio cómplice en que se cometen. Nos estamos dejando.
 


Fuente: Excelsior