Del "granito de arena" a la política del
escarabajo; del estiércol
Perversos, corruptos, encarcelados y, al final, nadie es culpable
C omo si fueran víctimas de un repentino y nada extraño ataque de
amnesia -por supuesto, nada extraño en la clase política mexicana-,
detractores y defensores del polémico Carlos Ahumada centraron sus
baterías lo mismo en llevar agua a sus respectivos molinos que
desgarrarse las vestiduras, sea por el "granito de sal", sea por los
intríngulis que antecedieron la repentina liberación del empresario,
exonerado de cargos y perversidades que le valieron ser motejado
como El Señor de los Sobornos .
Pero muy pocos, o casi ninguno de los detractores y defensores del
nuevo "villano favorito" se han detenido a mirar el bosque de las
complicidades, corruptelas, inmoralidades, complacencias y abusos de
poder en los que incurrió una buena parte del PRD, sus dirigencias y
gobiernos, y el gobierno de Vicente Fox, sin faltar empresarios.
Todos juntos convirtieron el caso Ahumada en mucho más que un
supuesto "complot" o que un burlón "granito de sal".
Críticos y defensores de Ahumada prefirieron mirar, los primeros, el
árbol del "complot", mientras que los segundos se quedaron con la
idea de que el empresario "es víctima de las perversiones
políticas", sin reparar que el conjunto del bosque deja ver ante los
ojos de todos, no un "complot" y menos un "granito de sal", sino una
"montaña de estiércol" que degrada la política y a los políticos y
que confirma que las virtudes de la democracia -política, social y
electoral- están muy lejos de la desprestigiada clase política
mexicana.
El complot... en el PRD
Vamos a suponer que, en efecto, existió un horrible complot
orquestado por los señores Ahumada, Fernández de Cevallos, Salinas
y... todos los que se quiera y mande. Todos esos personajes se
confabularon, junto con Televisa, para exhibir los llamados
videoescándalos, en los que aparecen reputados perredistas
recibiendo dólares de procedencia desconocida, mientras que otros,
funcionarios de primer nivel del gobierno capitalino aparecen en un
casino de Las Vegas, jugando millonadas de pesos, que quién sabe de
dónde salieron.
Esas perversas intenciones políticas, censurables sin duda, formaron
parte de una cuestionable estrategia política -la de debilitar y/o
destruir a un aventajado presidenciable-, todo lo inmoral que se
quiera, pero que no es ilegal. Hasta aquí muchos podrían estar de
acuerdo en que presenciamos una práctica política que todos
reprochan, pero que no es ninguna novedad, porque todos en la clase
política la practican, incluso en disputas de poder intramuros de
todos los partidos.
Pero existe un pequeño detalle que no quieren ver quienes enarbolan
la bandera del "complot", y que muchos en el PRD quieren olvidar y
hasta darían lo que fuera por silenciar. ¿Cuál es ese detalle? Que
para que exista caldo de pato se requiere un pato. Es decir, para
que existieran los videos del escándalo, para que los perversos
complotistas pudieran armarlo y contar con la materia prima del
complot, el PRD, sus liderazgos, sus gobernantes, servidores
públicos de gobiernos "negroamarillos" y sus candidatos a puestos de
elección popular, debieron participar previamente en censurables
actos de corrupción, componendas inmorales e inconfesables
-conocidas sólo gracias a los videos-, con empresarios como Carlos
Ahumada y, por cierto, quién sabe con cuántos más.
¿Quién en el PRD, entre dirigentes, gobernantes, líderes y
candidatos a todo tipo de puestos de elección popular, promovió,
patrocinó, estimuló, solapó y aceptó las prácticas corruptas de ese
inmoral e ilegal intercambio de contratos millonarios con Carlos
Ahumada, a cambio de dinero negro, salido quién sabe de dónde, para
financiar campañas electorales? Los nombres están a la vista de
todos. El señor René Bejarano, el más cercano colaborador de Andrés
Manuel López Obrador, quien además fuera el jefe de la bancada del
PRD en la Asamblea Legislativa. El señor Gustavo Ponce, secretario
de Finanzas del entonces gobierno de AMLO, el viajero frecuente y
gastalón funcionario que nadie detectó en sus corruptelas; el señor
Carlos Imaz, ex delegado en Tlalpan, fundador del CEU, histórico
grupo estudiantil cuyos liderazgos fueron ejemplo y que terminaron
en el mismo lodo que siempre criticaron. La lista es larga.
En efecto, nadie duda de la bajeza política de quienes orquestaron
los videoescándalos. Pero esa bajeza política puso al descubierto y
fue posible por un escándalo igual o mayor de corrupción, de "tantas
pinches transas" que se dio entre muchos perredistas -entre los que
se cuenta al propio López Obrador- con el empresario corruptor
Carlos Ahumada, El Señor de los Sobornos. Pero además, para que se
produzca un acto de corrupción como los que mostraron los videos, se
necesitan por lo menos dos partes; el que corrompe y el que se deja
corromper. O alguien puede creer que el perverso señor Ahumada
sorprendió a inocentes políticos, inexpertos cual bebés de pecho,
que no sabían lo que hacían y con quién se metían.
¿Y que dijeron y qué hicieron sobre esa corrupción en el PRD, no
sólo los líderes, dirigentes, candidatos y jefes de las tribus de
ese partido? Todos escondieron la cabeza, muchos se hicieron
desentendidos y nadie propuso acabar con esas prácticas, porque la
responsabilidad es del tipo conocido como de "ventilador". Es decir,
los salpica a todos o a casi todos. Eso sí, todos, incluidos sus
aplaudidores, alzaron el índice flamígero y engolaron la voz para
apuntar y gritar: "complot, complot". El verdadero complot salió
desde lo más profundo del PRD, desde su corrupción escandalosa y
desde esa doble moral política que, ya en el poder, los hizo iguales
al PRI y al PAN. ¿Y cuánto sabe de eso el señor Ahumada?
Venganza o justicia
Vamos a suponer que, en efecto, el gobierno del Distrito Federal en
tiempos de AMLO contaba con todas las pruebas, lo suficientemente
sólidas y contundentes como para mandar a la cárcel al señor Ahumada
-no por tres años, sino por muchos más- al quedar comprobados los
supuestos de corrupción, incumplimiento de contratos, etc. Si era
así, ¿entonces qué fue lo que pasó? ¿Por qué resultó absuelto Carlos
Ahumada a la vuelta de tres años?
Aquí caben tantas hipótesis como la imaginación lo permita. Que el
gobierno del Distrito Federal no ofreció las pruebas suficientes
para demostrar la culpabilidad de Ahumada, que sus abogados y el
procurador Bernardo Bátiz son muy malos abogados -a pesar de contar
con todo el peso del Estado a su favor-, que los abogados del señor
Ahumada son muy buenos y que con fajos de billetes derrotaron a su
contraparte en los tribunales, o que hubo corrupción entre los
jueces a cargo de los procesos contra el señor Ahumada. Todas las
anteriores hipótesis, en conjunto o una por una, pudieran ser
válidas.
Pero resulta que todo aquel que tuviera la curiosidad de indagar
"por encimita" lo que pasó con la integración de las averiguaciones
iniciadas por la autoridad capitalina contra el señor Ahumada, se
habría percatado de lo que realmente ocurrió. No es que el maestro
Bátiz sea un mal abogado y menos que haya incumplido la encomienda
de su jefe López Obrador: la de refundir en prisión a Carlos
Ahumada. No, el problema está en otra parte, y tiene que ver con la
complicidad compartida de muchos perredistas, de líderes y jefes de
tribus, de candidatos y gobernantes.
Bátiz, quien aspiraba a ser procurador general de la República -y
hasta llegó a decir: "Ya me vi"-, pudo haber integrado
averiguaciones previas contra Ahumada tan sólidas como para
refundirlo por muchos años en prisión. Pero de haber actuado de esa
manera a Carlos Ahumada lo habrían acompañado tras las rejas muchos
perredistas de prosapia y renombre. Y es que la red de corrupción de
Ahumada en el PRD era de un tejido parecido al de los sombreros
Tardán; es decir, iba desde Tabasco hasta Michoacán. Una persecución
de esa naturaleza no habría dañado, sino destruido a toda una
generación de perredistas. ¿Y cuánto sabe el señor Ahumada de eso?
También es cierto que nadie puede descartar corruptelas de jueces,
compra de testigos, compra de conciencias para exonerar al señor
Ahumada. Pero tampoco nadie puede negar que, frente a esa extensa
red de perredistas presuntos implicados, los esfuerzos de justicia
del gobierno de AMLO se redujeron a una vulgar venganza. No se
apelaba a la justicia, sino se buscaba venganza a secas. Y las
evidencias no sólo están disponibles en las averiguaciones previas,
sino que son groseramente públicas. ¿Por qué al llevar a prisión el
señor Ahumada se permitió a un diario fotografiarlo y exhibirlo,
mediante gráficas y textos, en su desnudez física y legal? ¿Por qué
se le negó el derecho de ofrecer entrevistas y conferencias de
prensa, que el propio AMLO preparó para sí mismo ante la
eventualidad de ser detenido por el desafuero? ¿A qué le tenían y le
tienen miedo de lo que sabe y puede divulgar el señor Ahumada? ¿No
fue por eso que al ser absuelto se ordenó que le dieran la última
"calentadita", después de dejar la cárcel, como para advertirle lo
que le puede pasar? ¿Cuántas cosas sabe el señor Ahumada? ¿Cuánto
vale su silencio?
Al final de cuentas queda en entredicho todo el sistema de justicia
en la capital del país, no se sabe si, en efecto, Ahumada era y es
inocente, o compró su libertad, y son muchas las evidencias de que
la justicia se usó para una venganza política. Al tiempo que quedan
serias dudas sobre la responsabilidad de dirigentes y gobernantes
del PRD en los actos de corrupción que dieron el "parque" para
montar los videoescándalos. Y lo más grave, que todos los ciudadanos
vimos pasar frente a nuestros ojos la perversidad de los que
montaron los videos del escándalo -para debilitar a un candidato
presidencial-, a los corruptos que se embolsaron paquetes de dólares
a cambio de contratos, el espectáculo mediático de ver a algunos de
ellos pisar la cárcel, la complicidad silenciosa de otros que
escondieron la cabeza; conocimos largos y complicados procesos
penales y, al final, nadie resultó responsable. Más que un "granito
de sal" -como burlón resumió Carlos Ahumada-, en realidad los
ciudadanos presenciamos la política del escarabajo, la de fabricar
montañas de estiércol.