Carlos Ahumada inició
el 4 de mayo de 2005 una huelga de hambre en su celda del Reclusorio
Norte. Para levantarla pedía a la Procuraduría del Distrito Federal
que aceptara y desahogara las pruebas de descargo por el presunto
fraude del que se le acusaba en la delegación Tláhuac (la quinta
causa), que el Ministerio Público se había negado a recibir pese a
la orden de un juez de amparo. De acuerdo con sus familiares, para
el 18 de mayo, Ahumada pesaba 59 kilos, 17 menos que en marzo de
2004, cuando hizo explotar los videoescándalos.
Tomó la decisión de ir al ayuno luego de que el procurador Bernardo
Bátiz recibiera a su esposa, Cecilia Gurza, y le dijera que haría lo
posible para rescatar la averiguación por el presunto fraude de 29
millones de pesos por obra no entregada, y así se pudieran integrar
las pruebas que pedía el constructor. Pero Bátiz no cumplió. A los
pocos días, el Ministerio Público consignó el expediente sin admitir
las pruebas.
¿Por qué la obsesión con las pruebas? Porque, según Ahumada, eran
contundentes y demostraban que nunca se había producido el presunto
fraude. Es decir, si las pruebas se integraban a la averiguación
previa, el juez tendría elementos para rechazar la orden de
aprehensión. Pero si se integraban durante el juicio, Ahumada
tendría que pasar en la cárcel el tiempo que durara el proceso. Era
la posibilidad de dejar el Reclusorio Norte antes de que terminara
2005, o quedarse ahí de uno a dos años más.
Las “pruebas de la quinta causa” son sólo otro ejemplo de cómo el
gobierno de López Obrador y Bátiz trató a Ahumada, su preso
político. Lo increíble es que hoy, en vez de guardar silencio ante
las cinco derrotas judiciales que les propinó, Bátiz lo insulte.