El martes 26 de octubre de 2004, a invitación de
Federico Arreola y Carlos Marín, y en presencia de ellos dos, comí
en un restaurante del Lago de Chapultepec con el jefe de Gobierno
del Distrito Federal, Andrés Manuel López Obrador.
Me dijo, cordial, que le dolía lo que yo opinaba sobre los dos temas
que habían tensado nuestra relación: mi crítica a la actitud que
asumió ante la marcha ciudadana contra la inseguridad de junio de
ese año y, especialmente, que llamara a Carlos Ahumada preso
político de López Obrador.
Bien enterado de los detalles, Andrés Manuel expuso el caso de
Ahumada. Y concluyó: “Nosotros no actuamos así, nosotros no
perseguimos a nadie”.
Nueve días después, el jueves 4 de noviembre, mientras el país
político seguía por televisión el juicio de desafuero de René
Bejarano, Juan Eligio Rodríguez, juez 50 de lo penal con sede en el
Reclusorio Oriente, llegó al Reclusorio Norte. Iba a notificarle a
Ahumada que enfrentaría un nuevo juicio, pues la Procuraduría del DF
lo acusaba ahora por un cuarto delito: promoción de conductas
ilícitas. Y a informarle que justo en ese momento tendría lugar una
audiencia.
La visita tomó por sorpresa al constructor. Los custodios
aparecieron en su celda para escoltarlo al juzgado, donde el juez
Rodríguez le dijo que si no declaraba en ese instante, no tendría
derecho a pedir nada. Y para que no quedara duda de dónde estaba el
poder, le designó ahí mismo un defensor de oficio.
Siete meses después de ingresar a la cárcel, Ahumada se enteraba ese
jueves que encararía una extraña cuarta causa, suficiente para
tenerlo tras las rejas en los turbulentos días que se avecinaban
para López Obrador. Remontar las causas le tomaría los siguientes 29
meses de su vida.