Mayo 6, 2004
 

La historia en breve - Ciro Gómez Leyva
Verduritas en una celda de La Habana
 

 

Nunca he creído en la verdad de los separos. Nunca creí que tuvieran valor los testimonios de los “subversivos” arrepentidos que obtenía la Dirección Federal de Seguridad, para luego filtrárselos a la prensa.

No creí en los testimonios de los zapatistas de Yanga, Veracruz, torturados en febrero de 1995, después de que Ernesto Zedillo lanzara una ofensiva para capturar al subcomandante Marcos y desmantelar al EZLN.

Como no creí en las versiones de los montoneros que pasaron por la Escuela Superior de Mecánica de la Armada y luego, misteriosamente, le narraban a los corresponsales que las historias de los desaparecidos argentinos eran un invento de los nihilistas; que nadie, jamás, había usado la picana eléctrica en los calabozos, porque los argentinos de los años de Videla y Galtieri y Astiz y Cavallo eran derechos y humanos.

Los mejores periodistas, novelistas, poetas, cineastas, documentalistas, nos enseñaron a no creer en las confesiones arrancadas en la oscuridad. Hitler, Stalin, Pinochet, la revolución cultural china, Díaz Ordaz, Echeverría, los jefes policíacos de Vietnam del Sur, la KGB, la guardia republicana iraquí, la Stasi, la CIA, la Securitate, la dictadura brasileña de los sesentas, Papa y Baby Doc, Trujillo, los legionarios franceses en Argelia, Somoza, Ríos Mont, en fin, tienen un común denominador: siempre dijeron que hablaban con la verdad. Nunca reconocieron haber mentido, manipulado, tergiversado. En sus historias oficiales nunca existió la persecución, tampoco los trenes de la muerte, el gulag, los hornos crematorios, los Mitrianis estadounidenses, el Campo Militar número uno, las violaciones tumultuarias, las mutilaciones, los fusilamientos.

Por eso, como principio elemental, metodológico, no creo en los Pérez Roque que dicen que la credibilidad es el único escudo de la revolución cubana. Conceder que las declaraciones de Carlos Ahumada, secuestrado en la Cuba totalitaria durante 28 días, hayan sido obtenidas por “investigadores cubanos” en “conversaciones en confianza y en respeto”, es un insulto a los presos políticos, al sentido común y a la razón.

También por un asunto de método, me resultan más confiables y verosímiles las palabras de los familiares y amigos de Carlos Ahumada que han hablado con él en el Reclusorio Norte, y que dicen que lo que más le duele es el trato que le dieron los cubanos.

Reitero entonces lo publicado aquí el lunes: “Treinta días en la mazmorra de una dictadura sádica, en manos de algunos de los interrogadores mejor capacitados del mundo, deben dejar dolores profundos y duraderos”.

No es un asunto de fe, sino de confiabilidad y verosimilitud periodística. No creo en la autenticidad de ese video en el que Ahumada revela cómo comía verduritas en una celda de La Habana.

No sé si Ahumada esté diciendo la verdad. Lo dudo. Pero creerle a una dictadura virtuosa en el terror, la mentira, la manipulación, la tergiversación, sería ser deshonesto con la mejor tradición del periodismo.

El tiempo terminó por desmentir aparatosamente a Hitler, Stalin, Ceuceascu, Díaz Ordaz. El tiempo demostrará que la de ayer fue, vulgarmente, otra puesta en escena de una maquinaria que habla de respeto y libertad, mientras persigue y tritura a los pocos cubanos que se atreven a levantar la voz.

Ciro Gómez Leyva

Fuente: Milenio