Nunca he creído en la verdad
de los separos. Nunca creí que tuvieran valor los testimonios de los
“subversivos” arrepentidos que obtenía la Dirección Federal de
Seguridad, para luego filtrárselos a la prensa.
No creí en los testimonios de los zapatistas de Yanga, Veracruz,
torturados en febrero de 1995, después de que Ernesto Zedillo
lanzara una ofensiva para capturar al subcomandante Marcos y
desmantelar al EZLN.
Como no creí en las versiones de los montoneros que pasaron por la
Escuela Superior de Mecánica de la Armada y luego, misteriosamente,
le narraban a los corresponsales que las historias de los
desaparecidos argentinos eran un invento de los nihilistas; que
nadie, jamás, había usado la picana eléctrica en los calabozos,
porque los argentinos de los años de Videla y Galtieri y Astiz y
Cavallo eran derechos y humanos.
Los mejores periodistas, novelistas, poetas, cineastas,
documentalistas, nos enseñaron a no creer en las confesiones
arrancadas en la oscuridad. Hitler, Stalin, Pinochet, la revolución
cultural china, Díaz Ordaz, Echeverría, los jefes policíacos de
Vietnam del Sur, la KGB, la guardia republicana iraquí, la Stasi, la
CIA, la Securitate, la dictadura brasileña de los sesentas, Papa
y Baby Doc, Trujillo, los legionarios franceses en Argelia,
Somoza, Ríos Mont, en fin, tienen un común denominador: siempre
dijeron que hablaban con la verdad. Nunca reconocieron haber
mentido, manipulado, tergiversado. En sus historias oficiales nunca
existió la persecución, tampoco los trenes de la muerte, el gulag,
los hornos crematorios, los Mitrianis estadounidenses, el Campo
Militar número uno, las violaciones tumultuarias, las mutilaciones,
los fusilamientos.
Por eso, como principio elemental, metodológico, no creo en los
Pérez Roque que dicen que la credibilidad es el único escudo de la
revolución cubana. Conceder que las declaraciones de Carlos Ahumada,
secuestrado en la Cuba totalitaria durante 28 días, hayan sido
obtenidas por “investigadores cubanos” en “conversaciones en
confianza y en respeto”, es un insulto a los presos políticos, al
sentido común y a la razón.
También por un asunto de método, me resultan más confiables y
verosímiles las palabras de los familiares y amigos de Carlos
Ahumada que han hablado con él en el Reclusorio Norte, y que dicen
que lo que más le duele es el trato que le dieron los cubanos.
Reitero entonces lo publicado aquí el lunes: “Treinta días en la
mazmorra de una dictadura sádica, en manos de algunos de los
interrogadores mejor capacitados del mundo, deben dejar dolores
profundos y duraderos”.
No es un asunto de fe, sino de confiabilidad y verosimilitud
periodística. No creo en la autenticidad de ese video en el que
Ahumada revela cómo comía verduritas en una celda de La Habana.
No sé si Ahumada esté diciendo la verdad. Lo dudo. Pero creerle a
una dictadura virtuosa en el terror, la mentira, la manipulación, la
tergiversación, sería ser deshonesto con la mejor tradición del
periodismo.
El tiempo terminó por desmentir aparatosamente a Hitler, Stalin,
Ceuceascu, Díaz Ordaz. El tiempo demostrará que la de ayer fue,
vulgarmente, otra puesta en escena de una maquinaria que habla de
respeto y libertad, mientras persigue y tritura a los pocos cubanos
que se atreven a levantar la voz.